Reflexiones de Mònica Plana, directora del Área de Intervención de Pobreza e Inclusión de ABD
Me piden que escriba sobre la pobreza. ¿Cuál, la del alma? Esta es quizá la pobreza más mortífera. Las que estamos en primera línea de los dispositivos de apoyo social sabemos muy bien cómo se soluciona la pobreza material: con dinero. El dinero puede comprar derechos porque los derechos no se garantizan suficientemente en el pacto social. El dinero compra la salud, la educación y los títulos, por qué no decirlo, y el dinero compra el hogar. Cuando no llega la Ley de Dependencia, también es el dinero el que compra los cuidados de quienes no pueden valerse por sí mismos.
Primera falla. Los pilares del sistema del bienestar, que ya van justos, se desmoronan paulatinamente. Y el equilibrio de mercado que algunos invocan está tan desbocado como las imprevistas tormentas de estos días. No prevemos la magnitud de lo que está pasando, pero a pie de calle asistimos a todos y cada uno de los desperfectos.
Igual que en las emergencias climáticas, aquí recibimos todas. La crisis de la vivienda está en la agenda no porque las entidades sociales visibilicemos que más de un millón de personas están en situación de exclusión residencial, sino porque penetra de forma masiva en los proyectos de vida de la clase trabajadora que, en el pacto social del siglo pasado, renunció a la transformación social a cambio del bienestar. A cambio de un empleo, de una prestación por desempleo, de un hogar. Pero el mundo ha seguido girando, y lo que ayer era una conquista hoy vuelve a ser un campo de batalla.
La imagen de estos días era la de las personas abandonadas en los andenes buscando la manera de llegar al trabajo, a la visita médica o a la escuela. Y se salva quien se lo puede pagar, aunque cada vez va salpicando más a todo el mundo.
Sálvese quien pueda. Este es el escenario resultante del imperio de la pobreza del alma.
Para mí, esta es la pobreza más universal. Llámala maldad. Poco se habla de ella. Me revuelven el estómago los debates sobre la vida de Maricarmen. Que si habría podido comprar el piso, que si habría podido irse a otro lugar, que si vivía del cuento… A mí lo que me corroe es el movimiento que ha llevado a una serie de individuos a comprar un piso en el que vive una persona mayor y con discapacidad con la intención de expulsarla, durante los aproximadamente ocho años que ha durado el proceso legal de desahucio.
Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal. Viene a decir que el autor de un acto monstruoso no es necesariamente un monstruo, sino un individuo común que acata órdenes sin reflexión alguna. Hoy diría que utiliza todas las herramientas para obedecer enloquecido el mandato del capital y se sirve de todos los mecanismos legales a su alcance. No ha necesitado dedicar ni un pensamiento al proceso de desposesión estructural en el que colabora activamente y, por increíble que parezca, ni un momento se ha detenido a empatizar. En beneficio propio y por su propio interés, alcanza el éxito de su servidumbre voluntaria.
Los seres humanos hemos nacido bajo una condición de dependencia radical, afirma Judith Butler, y el primer signo de civilización, según la antropóloga Margaret Mead, es haber descubierto un fémur fracturado y curado. La vida humana, para abrirse paso, ha requerido solidaridad, entrega, cuidados, vínculos y compromiso. Las moléculas de la razón economicista y neoliberal resuenan en el campo social como también lo hacen los fémures curados. No podemos quedarnos al margen ante esta elección, y esto va por los señores y las señoras del hemiciclo que, encargados de elaborar las leyes que rigen el cuerpo social, olvidan que ahí abajo pasan cosas muy crudas y sangrantes.
El Tribunal Constitucional derogó parte de la Ley 24/2015 y, la semana pasada, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña derogó los contadores sociales de agua. Ahora, entre tus vecinos habrá gente sin agua, sin luz y sin gas. Algunos porque no pueden pagarlo; otros porque no pueden acceder a una vivienda y viven en espacios sin título habilitante (así es como se dice correctamente). Y todo legal. ¿Hace falta que volvamos a citar los beneficios de las empresas eléctricas? Y el criminal es quien, sin una alternativa habitacional digna, ocupa una casa para dar cobijo a sus criaturas. Ahora, estos niños y niñas no tendrán agua y, si la tienen, la compañía que se la proporcione tendrá que obviar la ley. Así es como vamos tejiendo su imperio.
En los primeros años de Sociología leí un libro del que no recuerdo ni el título ni el autor. En él, el autor explicaba que desde muy joven había colaborado con entidades sociales para aliviar el sufrimiento de las personas trituradas por un sistema injusto, pero que se hizo sociólogo el día que fue a buscar e investigar la máquina trituradora. Las políticas para afrontar la pobreza deben dirigirse al alma del sistema. No nos vale repartir ayudas a la ciudadanía para seguir pagando a las corporaciones, macroempresas, fondos de inversión o como se llamen, y seguir tirando, un día tras otro. La cuestión no es pagarle la fiesta al desalmado: una ayuda para el alquiler del piso al fondo buitre, otra para la empresa eléctrica. Así, incluso de la gestión de la pobreza sacan provecho.
La cuestión es señalar claramente qué cosas no queremos que pasen. No queremos gente durmiendo en la calle, no queremos niños y niñas a oscuras, no queremos fondos buitre como propietarios de las casas ni como gestores de nuestros servicios públicos, por los que tanto hemos luchado y que tanto hemos celebrado hasta ahora. Pero también se trata de frenar la máquina de triturar desde donde estemos. Hay una manera humana y otra que no lo es.
Llenemos el pensamiento de humanidad.














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